Ingeniería civil en la nueva Europa

20-4-06




Jorge Mendiguchía García
Euroingeniero, decano del Colegio de Ingenieros Técnicos de Obras Públicas de Andalucía Oriental

El proceso de construcción del Espacio Europeo de Enseñanza Superior (EEES), iniciado en la Declaración de Bolonia de 1999, incluye entre sus objetivos la adopción de un sistema flexible de titulaciones, comprensible y comparable, que promueva oportunidades de trabajo para los estudiantes y una mayor competitividad internacional del sistema de educación superior europeo. Este nuevo sistema de titulaciones ha de basarse en dos niveles, nítidamente diferenciados, denominados de Grado y de Postgrado, que en su conjunto se estructuran a su vez en tres ciclos: Grado, Master y Doctorado.

Dentro del mundo de la ingeniería civil, el actual sistema universitario español contempla dos perfiles profesionales diferenciados: el del ingeniero técnico de obras públicas y el del ingeniero de caminos, canales y puertos. Ambos perfiles se diferencian básicamente en la duración de los estudios y en su definición generalista/especialista. Sin embargo, coinciden en un amplio espectro en sus competencias profesionales, provocando una situación no deseable que deriva desde entonces e indefectiblemente, en interminables litigios jurídicos.

En la actualidad, la capacitación profesional alcanzada por un titulado en Ingeniería Civil, denominación ampliamente reconocida en el ámbito de la Unión Europea, no debería atender exclusivamente a los objetivos de acceso al mercado laboral y a la movilidad académica, sino también a la calidad del servicio que la ingeniería civil presta a la sociedad a la que pertenece y a la que sirve. El ingeniero civil debe poder satisfacer las actuales demandas de nuestra sociedad con acierto y responsabilidad, y la obligación de saber transmitir estas cualidades a los futuros ingenieros civiles reside principalmente en la universidad, en su formación académica y en su correcta concepción del ingeniero. Éste, debe tener capacidad gestora, debe hacer propuestas técnicamente perfectas, económicamente viables, políticamente correctas y socialmente aceptables, debe ser respetuoso y proteger el medio ambiente, salvaguardando éste y su sostenibilidad, y además debe transmitir seguridad y fiabilidad en su trabajo. A estas características de manera general debemos tender. Distinta es la visión de las demandas del mundo empresarial con respecto a las académicas. Aún solicitando las anteriormente citadas, se valora que la formación inicial del ingeniero comprenda con carácter general los tres elementos básicos de su campo profesional: el proyecto, la ejecución y la conservación y mantenimiento de las obras públicas. Para dar respuesta a esta demanda la formación debe ser de propósito general aunque deba poder aplicarse en campos especializados.

Pero volvamos a la necesidad de adoptar un sistema flexible de titulaciones en el que los estudiantes dispongan de una mayor competitividad internacional. Para ello, deben establecerse las siguientes consideraciones: a) Los títulos de grado deberán tener 240 créditos, incluyendo el proyecto fin de carrera (éste número de créditos posibilita una perfecta formación académica y limita su duración a cuatro años), b) El título de grado deberá llevar la denominación de ingeniero, y en él deben residir las atribuciones profesionales plenas, sin perjuicio de que las mismas deban ser conferidas por ley. Los másters correspondientes al segundo ciclo deberán ser de especialización profesional o iniciación en tareas investigadoras, con una duración entre 60 y 120 créditos, sin directrices generales propias y sin adición de nuevas atribuciones profesionales. c) La incorporación del nuevo título de Ingeniero Civil al Catálogo Oficial de Títulos de Grado, deberá llevar consigo la supresión en el mismo de los actuales títulos otorgados por las distintas universidades españolas. Todo conduce, pues, a la necesidad de estructurar un nuevo sistema en la enseñanza y competencias profesionales de la ingeniería civil.

¿Pero por qué la importancia de tener una adecuada y consensuada organización académica y profesional de los ingenieros civiles? ¿Por qué la necesidad de aunar posiciones y ver en positivo las exigencias que nos llegan de Europa?. Parémonos por un instante a pensar en el campo de mayor actuación de la ingeniería civil: infraestructuras. En nuestro país, casi con exclusividad, son desarrolladas, proyectadas, ejecutadas y explotadas por ingenieros técnicos de obras públicas e ingenieros de caminos, canales y puertos. Las infraestructuras son de tal importancia y participan de tal grado en el desarrollo socioeconómico de cualquier nación, que los gobernantes, independientemente de su tendencia ideológica, basan en gran manera su política de inversiones y gasto público en la concepción, planificación y desarrollo de las mismas.

La responsabilidad de todos aquellos que participamos de una u otra forma en el desarrollo del campo de la ingeniería civil es tener la capacidad suficiente de redefinir tanto el sistema actual de formación de los ingenieros como sus competencias profesionales, adecuándolas a las exigencias del proceso de construcción del EEES. Sin embargo, en estos momentos, la unanimidad en torno a esta cuestión se presenta hoy alarde retórico y resulta prácticamente impensable el suponer una postura de común acuerdo de ambos colectivos. Las diferencias son tan importantes en el concepto que los colegios de ingenieros técnicos de obras públicas e ingenieros de caminos tienen sobre lo que es la participación en el campo de la ingeniería civil, y tan dispares, que indudablemente el proceso de redefinición de las competencias profesionales y estructuración académica requiere de un tratamiento que impregne de moderación y huya de posturas extremas, evitando de esta forma un desenlace que empeore la situación de partida. Y este proceso obligatoriamente debe ser diseñado, presentado y aceptado por todas las partes, pues no siendo así, se volverá un acuerdo de escasa estabilidad. No podemos demorar por mas tiempo lo que indefectiblemente ha de llegar, pues el retraso afecta muy negativamente al presente en el orden académico universitario, y por tanto a los futuros profesionales. No quiero pasar por alto lo que indicaba en este sentido la rectora de la Universidad de Málaga en el solemne acto de apertura del curso 2005-2006, con un manifiesto tono de queja: la situación de tortura que significaba el no disponer ya del catálogo de titulaciones, brindándose en el mismo acto a colaborar con todos aquellos que fijan este catálogo, pues le es absolutamente necesario para consolidar el EEES en su Universidad.

Debemos ser generosos en nuestras posturas. El campo de la ingeniería civil no es un coto cerrado de quien cree ostentar en exclusiva su representatividad. Intentar mantener posturas excluyentes sólo servirá para dificultar este proceso que no tiene marcha atrás. Avanzamos por lo que alcanzamos a remediar, y por lo que rectificamos. Debemos mantener una línea de actuación acorde con nuestro compromiso de futuro frente a la sociedad, y de esta manera, dotar a la sociedad europea, y por tanto a la española, de unos futuros ingenieros civiles que en su nueva nominación agrupen el prestigio mantenido hasta ahora por los ingenieros técnicos de obras públicas y los ingenieros de caminos, canales y puertos. Si no es así, y desde luego sería una lástima, auguro un complejo, incompleto y desalentador proceso de adecuación de la futura estructura profesional de la ingeniería civil.

La Opinión de Málaga