JAIME ORAÁ
«En la sociedad no hay pasión por el conocimiento»
El rector de la Universidad de Deusto alerta sobre la necesidad de motivar a los alumnos en un mundo que se lo da todo hecho CÉSAR COCA |
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7 de enero de 2007 Jaime Oraá ve con preocupación los cambios que afronta la Universidad española. El Rector de Deusto sugiere con diplomacia que la enseñanza superior debe mirar algo más hacia el mercado laboral, pero teme que olvidar el conocimiento en sí mismo, al margen de su utilidad inmediata, tenga el resultado negativo de reducir el nivel cultural de los titulados. Y es consciente de que desviar hacia el alumno la responsabilidad mayor de su propia formación, en un modelo social en que apenas se valora el esfuerzo y los jóvenes consiguen con gran facilidad casi todo, va a ser complicado. Así lo manifiesta en una entrevista concedida a este periódico.
-La Universidad es vista por algunos sectores como una fábrica de parados. ¿Qué opinión le merece ese juicio? -Las estadísticas dicen que el porcentaje de parados con título universitario es menor que el de quienes no lo tienen, así que parece evidente que una formación universitaria da una mayor posibilidad de inserción en el mercado de trabajo. Por otra parte, la gran baja de la natalidad ha reducido la masificación en la Universidad y eso, junto a las altas tasas de crecimiento de los últimos años, también ha influido en el hecho de que se coloquen mejor los licenciados. Lo vemos nosotros con nuestros egresados: en torno al 90% tiene trabajo al medio año de obtener su título. Evidentemente el reparto es desigual, y mientras los de Empresariales están en el 100%, como los de alguna Ingeniería, los de Humanidades se quedan en algo más del 60%, pero es un nivel alto, con todo. -¿Viven las universidades, españolas y europeas, un momento de desorientación? -Vivimos un momento de cambio, y eso produce desorientación. Los ministros de la Unión Europea son conscientes de que se necesitan universidades fuertes, para hacer frente a las norteamericanas, y de ahí ha venido la creación del Espacio Europeo de Enseñanza Superior, que demuestra que el asunto es una prioridad. Ahora bien, el problema es que cada Estado tiene su sistema universitario y su tradición. -¿Y cómo se compatibilizan una cosa y otra? -Se ha decidido una homogeneización, que permita una mayor movilidad y un reconocimiento general de los títulos. Pero, al mismo tiempo, la política educativa es competencia de cada Estado, de manera que la UE puede dar directrices, pero no mucho más. Es un proceso complicado, porque tampoco se busca estrictamente la uniformidad, sino una cierta unidad dentro de la diversidad, y eso es lo que genera desconcierto. Además, existe la sospecha dentro de la comunidad universitaria de que se quiere copiar el modelo anglosajón, que ha estado siempre mucho más volcado en la preparación de los estudiantes hacia las habilidades requeridas por el mercado de trabajo, y eso crea reticencias. Centros de saber -¿Significa eso que se puede perder el concepto de la Universidad como centro de saber, al margen de las demandas del mercado laboral? -La tradición europea siempre ha sido la de ver la estancia en la Universidad como un período de formación de la persona, mientras que en EE UU es un medio para la inserción laboral. Por eso, existe el temor de que si se adopta el modelo anglosajón pueda descender el nivel cultural de la sociedad, lo que sin duda tendría consecuencias negativas. Aunque, por otra parte, también podemos pensar que la Universidad europea se había alejado demasiado del mercado de trabajo y había dado la espalda a los requerimientos de las empresas. Quizá ahora lo que está sucediendo es que los ministros de la UE se han dado cuenta de que hay que dirigir la educación más hacia el mercado. -¿Eso supone dar la razón al modelo anglosajón? -Yo creo que no debemos olvidar que los fondos que los gobiernos destinan a la educación compiten con los que van para la sanidad, pues ambos son los dos grandes capítulos del gasto. Y que en el futuro, el gasto sanitario será mayor, por el envejecimiento de la población. Ello puede derivar en un recorte del gasto educativo. Quizá en el futuro se quiera financiar sólo a las mejores universidades. Algún cambio era necesario, creo yo, pero el peligro es irse al extremo contrario. -¿Tiene la impresión de que un número no pequeño de los estudiantes universitarios estaría mejor en la Formación Profesional? -El auge de la FP, sobre todo en el País Vasco, está cambiando la situación. Antes se trataba de unos estudios desprestigiados y ahora ya no es así, y eso cambia las cosas. Desde luego, está claro que no todo el mundo tiene que ir a la Universidad. Se trata de que no se quede sin ir nadie con la preparación y la capacidad suficientes. Pero eso no significa que sea casi una obligación. -Es decir, que la Universidad va a devolver a la FP los alumnos que le quitó hace un par de décadas... -Sí, pero no es eso lo que debe preocuparnos. Me parece que lo verdaderamente grave es que hay un 30% de jóvenes que no van ni a la Universidad ni a la FP. El reto está en ver qué formación se da a ese grupo tan importante. Titulaciones y profesores -En la Universidad empieza a haber titulaciones con un número muy bajo de alumnos. ¿Deben mantenerse, por lo menos algunas, por razones culturales, y en ese caso deben tenerlas las universidades públicas por su alto coste? -Hay títulos muy específicos, con poquísimos alumnos pero que requieren una dotación de profesores significativa que quizá sólo pueda mantenerlos una Universidad pública. Estoy pensando en títulos como Filología Hebrea, con un número de alumnos mínimo, pero que por razones culturales y de tradición no deberían cerrarse. Ahora bien, las universidades privadas también debemos mantener otros, aunque la demanda no sea grande. Estoy pensando en el caso de las universidades de la Iglesia y el título de Teología, por ejemplo. El único criterio no puede ser el económico. -Las reformas derivadas de los acuerdos de Bolonia sitúan a unos alumnos que, en buena parte, carecen del hábito del trabajo y no valoran el esfuerzo, en el centro del sistema. ¿Qué va a pasar con ese cambio? -Tenemos una preocupación muy seria respecto de la motivación de los estudiantes. Al final, el deseo de saber es lo que mueve el conocimiento. Y en nuestra sociedad no hay pasión por la búsqueda del conocimiento. El reto es motivarles para que estudien, en una sociedad en la que todo se les da sin esfuerzo. Cambiar el método de enseñanza por uno que requiere que los estudiantes sean mucho más activos y trabajen mucho más es muy complicado. Es un reto enorme. Es verdad que sigue habiendo alumnos muy buenos, pero también hay muchos con problemas. -¿También es un reto para los profesores? -Por supuesto, va a suponer un cambio muy profundo. No sólo en su manera de enseñar, sino también en la de evaluar. Antes, la variable esencial era la cantidad de conocimientos adquiridos por los alumnos. A partir de ahora ya no va a ser tanto esa cantidad de conocimientos como la adquisición de habilidades para conseguirlos. -¿Y los profesionales? El sistema actual no facilita su incorporación a la docencia... -Sí, pero en algunos casos se ha hecho. Una de las claves de nuestro éxito ha estado siempre en combinar los profesores de dedicación completa con los profesionales que venían a dar unas clases concretas, lo que ha dado un carácter más práctico a la formación. Nosotros tenemos ese modelo mixto. Pero es cierto que ahora, con las reformas que se van a implantar, se facilitará esa integración de los profesionales. Pública y privada -¿Qué diferencia hay en este momento, entre una universidad privada y una pública, dejando a un lado lo que se refiere a financiación y dependencia orgánica? -Yo tengo claro que si Deusto va a hacer lo mismo que la Universidad del País Vasco o la de Mondragón, no tiene mucho sentido que existamos. Tenemos que aportar algo, cada universidad tiene que hacerlo. Las ofertas educativas son distintas en cada centro, tienen su propia identidad. Pasa como con la escuela privada: existe porque aporta algo distinto a la pública. -¿En su caso concreto? -Nuestro modelo está basado en el humanismo cristiano, y ése es el matiz. Eso no va en detrimento, por supuesto, de la autonomía científica. Pero nosotros destacamos la dimensión ética del conocimiento, inculcamos un concepto de responsabilidad social en los alumnos, un concepto de la persona abierta al misterio de Dios, que nos distingue de otras universidades. -En un tiempo en que los jóvenes se alejan de la Iglesia y se decantan por los estudios técnicos, Deusto es una Universidad católica y enfocada hacia las ciencias sociales y las humanidades. No parecen las mejores credenciales. -Es cierto lo que dice. Por eso, nuestra Universidad tiene que dar una oferta educativa de gran calidad, preparando a los futuros profesionales y aspirando a la excelencia académica. Pero hay algo más. Las universidades tienen nueve siglos de historia y el conocimiento y su transmisión no se improvisan. Aunque haya modas y vaivenes, instituciones como la Compañía de Jesús, con sus siglos de trabajo tras ella, siguen teniendo mucho que aportar, aunque sea con estudios que en un momento pueden no estar en auge o valores que no se perciben como trascendentes hoy día. -¿Son esos valores los que distinguen a sus alumnos? -Me gustaría que lo que distinguiera a nuestros alumnos fuera que aúnan una gran competencia profesional junto con la formación en valores. Alumnos que piensen y trabajen por transformar la sociedad para que sea más justa y solidaria. Si fuera así, habríamos cumplido la función para la que estamos aquí.
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Fuente: El Correo Digital |